Mierda, ya vamos en la tercera!
sábado, 25 de septiembre de 2010
sábado, 11 de septiembre de 2010
Una caja de recuerdos
Viernes 10 de septiembre, un mes exacto antes de mi cumpleaños, más allá de eso, nada importante.
Como nunca, confirmé pasaje para viajar a mi querida casa con anticipación, cosa que, en sí, no debería revestir el carácter de peculiar. Sin embargo, las cosas no siempre son tan simples como se ven; es más, casi nunca lo son.
Llego al terminal con mi mochila cargada de innecesariedades, códigos, lápices y destacadotes por millones, a lo nena, camino rumbo al andén cuando de pronto, a lo lejos, diviso a alguien pero, en principio, no creí que fuese ella, aunque sí, lo era. No me vió, estaba lejos, nada salía de lo normal –si es que a algo se le puede llamar “normal”- pero suelen ocurrir ciertas cosas que te hacen pensar en momentos ya olvidados, o dejados a la fuerza en el abandono.
Aparece en el anden 12 un bus que dice: “Rancagua, 20.40”; es el mío. Caminando a dejar el bolso en eso que te lo guardar –el que también estaba bastante cargado con ropa, sobre todo, sucia- me topo frente a frente con esa mujer, a la cual había distinguido tan pronto llegué al terminal. Nos miramos –sus ojos verdes y su pelo rubio siempre fueron uno de sus rasgos característicos, aparte de ser, como persona, espectacular- sonrió como siempre lo hacía cuando nos juntábamos en los recreos, escondidos para que no nos viera el director del colegio, y me dio un beso en la mejilla, de esos que duelen harto. Ah, a todo esto, reconozco que ella fue una de las pocas personas que me han gustado tanto, y de verdad. Otro dato importante es que, en esta ocasión, viajaba con mi mamá, de modo que compramos juntos los asientos; mas como si algo lo hubiese querido –le doy un poco de color-, miro hacia el asiento de mi derecha –porque quedé en el pasillo- y a quién veo; a ella –a esta altura las coincidencias me superaban- así que, como era de suponer, converso con ella –todo estaba oscuro y silencioso en el bus, de manera que tuvimos que hacerlo a través de mi celular, escribiéndonos mensajes y pasándonoslo para leer/responder-.
Después de un rato ya bastante largo, dejamos de conversar porque empecé a percibir que algo raro pasaba en nuestra conversación, no supe qué fue en realidad. Finalmente, ella me escribe: “para el recuerdo, un barquito…”, hecho con el boleto del bus, y en ese momento recordé que tengo también otro barco que ella me hizo en un carrete de antaño que decía “tqm”, el cual está en una caja con una nota que me escribió tránsfugamente cuando salí de 4º porque su pololo le tenía prohibido acercarse a mí –razones de sobra tenía el hombre ese- y el dibujo de un planeta en el cual “vivíamos”, llamado simplemente “X”, el cual estaba acompañado de una simbología que ambos entendemos.
No sé qué pasó por mi cabeza en ese momento y tampoco sé qué está pasando en ese instante, sin embargo, de algo estoy seguro: encontrarme con ella ha sido una de las mejores cosas que me ha pasado en harto tiempo.
No sé cuándo más nos volveremos a ver, quizás nunca más, pero prefiero ser iluso e imaginarme que nuevamente nos encontraremos –día que esperaré como un cabro chico-.
Al llegar a mi casa, dejé el barco en la misma caja donde estaba el otro, la nota y el dibujo, pero, al ponerlo ahí, me llevé una sorpresa: en el barco/pasaje está su nombre completo, por el simple hecho de haberlo comprado con descuento estudiante.
Ya, a esta hora (23.45), sigo buscando razón a todas esas coincidencias bastante poco domésticas, pero sigo sin hallarla.
Algo concluyo de esto: si pienso mucho en ella últimamente, no preguntaré el porqué de ello, las razones están claras.
Dedicada a ti, que quizás nunca lo leerás, FIOD.