Quería viajar a Santiago a las 2, pero mi viejo, como siempre, me atrasó, así es que tomé bus a las 3.15.
Llegué a la Región Metropolitana a eso de las 4.30, tenía hambre. Me bajé en U. de Chile para ir al departamento, en la misma estación por donde se sale al Paseo Ahumada. Me dieron ganas de pasar al McDonald’s –como buen espécimen insertado en el sistema-, pero andaba con bolso, era un poco complicado pasar a comprar, sumergido en ese mar de gente que suele a ver en el centro.
Me fui al departamento a dejar las cosas, pero ya me había tentado con la idea de comer Mc; nunca había probado la hamburguesa Tejana, se ve tentadora la imagen de la carne con tocino. Dejo las cosas en la pieza y emprendo rumbo a la Alameda.
En eso estaba –ya había avanzado dos cuadras, quedaba sólo una- cuando me detengo en un local que siempre había visto pero nunca le había prestado atención –a la horita que caché, cuando ya estaba en exámenes y me quedaba poco tiempo en la gran ciudad-. Me detuve a mirar un letrero hecho en un pizarrón y escrito con plumón permanente negro que decía: “2 italianos + jugo x $1300”. Pienso unos 10 segundos y lo decido: Entré.
Estaba vacío, pero sabía que se podía entrar porque afuera, en un colgante de publiguías en la puerta decía “abierto”; me senté a esperar con el celular. En eso estaba cuando alguien se acerca y me dice: “Buenas tardes, ¿Qué desea?”… Me enamoré; era una mujer de 1.70 aprox., delgada, pelo castaño, etc., como pueden haber muchas en todos lados, pero tenía algo especial, eso a que le suelen llamar “ángel” delicado pero medio punketa, era adorable –si fuese medio esotérico, diría que tenía un aura celeste (ni idea qué significa ese color)- y tenía el pelo tomado de tal manera que se la hacía una especie de mohicano, sin la necesidad de haberme rapado a los costados… Era filete.
Bueno, lo que pasó durante un rato tiene poca importancia –quizás como todo lo demás que he dicho, pero contar cómo me comí los hot-dogs tiene menos emoción aún-.
Terminé, tenía que pagar e irme a estudiar para el examen que tenía dos días después –si mal no recuerdo, era de Penal-. El problema, ella estaba en la caja y, extrañamente, me dio un poco de nervios tener que hablar con ella de nuevo –aunque ni siquiera era conversar, sino que había que intercambiar un par de palabras, las justas y necesarias-.
Llego con toda la prestancia posible –la que no era mucha en ese momento- y le paso la plata. Sin embargo, surgió un inconveniente que no se me había ocurrido: Pagué con $10000 y tenían sólo billetes chicos, de modo que, si me los daban a mí, quedaban sin sencillo. Tuvo que mandar a otra vendedora a cambiar dinero. Nos quedamos conversando y la mina es encantadora; la primera impresión calzaba a la perfección con su personalidad. Hablamos como 10 minutos, mientras mi vuelto llegaba. Fue la raja la conversación.
Era momento de irme, los $8700 habían llegado a mi poder: “Gracias, que estí bien, espero que nos volvamos a ver pronto”, le dije; esbozó una sonrisa y respondió: “Ojalá, sería bueno, y vuelve cuando quieras. Cuídate”. En una de esas, fue una respuesta común, para todos los clientes, esperando que el local sea visitado pero, para mí, quizá con una ilusión forzada, no fue así.
Llegué al departamento con un sabor distinto al de los otros almuerzos –no precisamente a vienesa, tomate, palta y mayo casera-, tenía un dejo de algo que podría asemejarse a la alegría.
Días más tarde se me ocurrió algo que en ese momento no tuve presente: Pedirle el teléfono. Aquí estoy, en Rancagua, sin su número y sin poder ir a comerme un par de completos por 3 dólares.